Desde que existen registros, la humanidad siempre ha buscado a Dios de alguna manera. La creación de diversas religiones refleja el sello divino que todo ser humano lleva en lo profundo de su ser. El plan de Dios siempre fue que la humanidad viviera junto a Él en su creación. Sin embargo, decidimos tomar un camino alejado de su presencia.

El mal corrompió la perfecta relación entre el hombre y su Creador, pero nunca pudo destruir nuestra necesidad de relacionarnos con Él. Las numerosas religiones vacías que existen en el mundo son fruto de la confusión que el pecado trajo al corazón humano. Las sociedades han creado religiones y divinidades porque hemos sido diseñados para cohabitar con Dios; nos sentimos perdidos sin su presencia y buscamos suplir esa necesidad de alguna manera. Como dijo San Agustín de Hipona: «Nos hiciste para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti».

Al aproximarnos a las Escrituras, encontramos muchos ejemplos en los que, por la confusión del pecado, el hombre adulteró la verdadera religión, aquella que no ha sido creada, sino transmitida por el mismo Dios. Un buen ejemplo de esto se encuentra en el libro de Miqueas. Con autoridad divina, Miqueas denunciaba a la élite religiosa de su pueblo: gobernantes, sacerdotes y profetas. Aquellos que debían ser líderes en amor, compasión y ejemplo, se convirtieron en líderes en explotación, doble moral, ambición y codicia. Pretendían engañar a Dios con sacrificios y holocaustos mientras eran codiciosos y deshonestos. Ante esta realidad, Miqueas exclamó:

«¿Cómo podré acercarme al Señor y postrarme ante el Dios Altísimo? ¿Podré presentarme con holocaustos o con becerros de un año? ¿Se complacerá el Señor con miles de carneros, o con diez mil arroyos de aceite? ¿Ofreceré a mi primogénito por mi delito, al fruto de mis entrañas por mi pecado? ¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios.»

Podríamos preguntarnos si esta historia de Miqueas tiene algo que decirnos hoy. ¿Estamos los cristianos experimentando la verdadera religión cristiana? ¿Realmente seguimos el camino de Jesús?

El contentamiento de Dios hacia nosotros no reside en la belleza de nuestros cultos o en la pomposidad de nuestra liturgia. Los sacrificios y holocaustos de la élite religiosa contemporánea a Miqueas no contentaron al Señor; tampoco lo harán nuestras largas reuniones, músicas, predicaciones y ofrendas por sí mismas.

Como dijo el Señor: «Esto os era necesario hacer, sin dejar aquello». Nuestros cultos son buenos, pero la grandeza de nuestra fe debe residir en actitudes más excelsas. A lo largo del tiempo, los eventos y cultos no han transformado la sociedad. Las Escrituras no muestran que nuestras celebraciones lograrán que el Reino de Dios se extienda en el mundo. La clave del éxito reside en otra cosa: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». ¡Y qué amor mostramos cuando vivimos lo que decía el profeta Miqueas… cuando irradiamos justicia, amor por la misericordia y humildad ante nuestro Dios!

Cuando nuestra fe se ve envuelta en micro-control, amarguras, divisiones y pretensiones propias, estamos pervirtiendo la esencia de la cristiandad, creando nuestra propia religión; una más de tantas que han llenado el mundo sin cambiarlo. Debemos recordar que, para vivir en plenitud, para vivir la verdadera religión, para dar estabilidad a nuestras familias, para hacer crecer nuestras iglesias y transformar el mundo, no hay otro camino que la práctica de aquello que ya nos dijo el Señor a través del profeta Miqueas: Lo que él espera de nosotros es practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios.

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